Niñez en gratitud, adultez en prosperidad…

 

Cuando el niño es pequeño, es un receptor natural. ¿No es entonces precisamente el dar las gracias la respuesta natural?

  • “Afortunado el niño que puede aprender temprano en la vida a doblegar la cabeza en reverencia y gratitud a la hora de lo alimentos, mientras la familia se una en esa plegaria.
  • Afortunado el niño que, antes de acostarse le llevan a ver las estrellas y la luna, agradeciendo la seguridad de que ellas cuidarán de él mientras duerma.
  • Afortunado el niño que es capaz de agradecerle al sol porque brilla y a la lluvia porque riega los árboles.
  • Afortunado el niño que pueda vivir en una atmósfera familiar donde se expresan la gratitud y el aprecio del trabajo y cuidado con que los padres contribuyen diariamente.
  • En verdad entonces el nuño que pueda imitar los ademanes y las palabras de gratitud, aprendiendo desde sus primero años a poner atención a la fuente de los muchos y variados regalos de la vida, en lugar de concentrarse en sus propios y mundanos deseos”.

 

Gisela T. O’Neil.

“Education as an art”

¿Qué debe saber un niño de 4 años?

Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. “¿Qué debe saber un niño de cuatro años?”, preguntaba.

Las respuestas que leí me llamaron mucho la atención. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.

Pensé que probablemente la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. Pero atención!!! La infancia no debe ser una carrera que arroja por resultado niños ganadores y niños perdedores.

Alicia Bayer, una mujer norteamericana que se interesa por los temas de infancia y educación, hace una lista de aquellas cosas importantes que debe saber un niño/a de 4 años. Me pareció hermosa y la comparto:

1.Debe saber que lo quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento.

2. Debe saber que está a salvo y además cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre lo va a apoyar.

3. Debe saber reír y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.

4. Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.

5. Debe saber que el mundo es mágico y él también. Debe saber que es fantástico, listo, creativo, compasivo y maravilloso. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como aprender los números. Mejor dicho, mucho más.

PERO MÁS IMPORTANTE ES LO QUE DEBEN SABER LOS PADRES:

1.Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.

2. Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro no son los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes caros, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a compartir momentos de juego, lectura, dibujos y risas con sus hijos.

3. Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las “ventajas” que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.

4. Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y, lo más importante, libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes creativos como los LEGO y los de encastre, una buena cantidad de témperas y plastilinas, los instrumentos musicales, los disfraces, y libros y más libros. Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.

5. Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, fútbol e inglés mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.

Mucho para reflexionar como padres, educadores, o desde el lugar que nos toque en contacto con uno de los tesoros más preciosos: LA INFANCIA.

(Lic. Miriam I Martínez)

 

Que esta información vaya en vuestro mayor beneficio.

Ale

Casa de Tara

¡Atrae cosas nuevas a tu vida!

¿Tienes el hábito de juntar objetos inútiles creyendo que un día (quién sabe cuándo) vas a necesitarlos? ¿Tienes el hábito de guardar ropa, zapatos, muebles, utensilios domésticos y otras cosas del hogar que ya no usas desde hace mucho tiempo? Y dentro de ti, ¿tienes el hábito de guardar broncas, resentimientos, tristezas, miedos y demás?

¡No hagas eso! ¡Va contra tu prosperidad! Es preciso que dejes un espacio, un vacío, para que cosas nuevas lleguen a tu vida. Es preciso que te deshagas de todo lo inútil que hay en ti y en tu vida para que la prosperidad llegue. ¡La fuerza de ese vacío es lo que absorberá y atraerá todo lo que deseas!

Mientras estés emocional y materialmente cargando sentimientos viejos e inútiles no tendrás espacio para nuevas oportunidades. Los bienes necesitan circular. Limpia los cajones, los armarios, el garaje. Da lo que ya no uses. La actitud de guardar cosas inútiles encadena tu vida. No son los objetos guardados los que estancan tu vida, sino el significado de la “actitud de guardar”.

Cuando se guarda es porque se considera la posibilidad de falta, de carencia. Se cree que mañana podrá faltar. Que no tendrás manera de cubrir esas necesidades. Con esa idea le estás mandando dos mensajes a tu cerebro y a tu vida: que no confías en el mañana, y que piensas que lo nuevo y lo mejor NO son para ti. Por eso te alegras guardando cosas viejas e inútiles.

¡Deshazte de lo que ya perdió el color y el brillo, deja entrar lo nuevo a tu casa y dentro de ti mismo!

Lousie Hay.

 

¿Por qué los niños se despiertan por la noche?

Comparto este árticulo del maravilloso maestro Carlos González Rodríguez, doctor en pediatría y autor de varios libros sobre crianza, alimentación y salud infantil. Para re-educarnos y cambiar los paradigmas caducos y errados de la crianza.

La mayoría de los insectos, reptiles y peces tienen cientos de hijos, con la esperanza de que alguno sobreviva. Las aves y mamíferos, en cambio, suelen tener pocos hijos, pero los cuidan para que sobrevivan la mayoría. Los mamíferos, por definición, necesitan mamar, y por lo tanto ningún recién nacido puede sobrevivir sin su madre. Pero, según la especie, también necesitan a su madre para muchas otras cosas.

En algunas especies, el recién nacido es capaz de caminar en pocos minutos y seguir a su madre. Eso ocurre sobre todo en los grandes herbívoros, como ovejas, vacas o ciervos. Estos animales viven en grupos que devoran rápidamente la hierba de una zona, y tienen que desplazarse cada día a un nuevo prado. Es necesario que la cría pueda seguir a su madre en estos desplazamientos.

Los pequeños herbívoros, como los conejos, pueden esconder a sus crías en una madriguera, salir a comer y volver varias veces al día para darles el pecho. Sus crías no caminan nada más nacer, sino que son indefensas durante los primeros días.

Lo mismo ocurre con la mayoría de los carnívoros, como los gatos, perros o leones. La madre sale a cazar dejando a sus indefensas crías escondidas. Las crías no nacen sabiendo, sino que aprenden, y esto es importante, porque les permite una mayor flexibilidad. Una conducta innata es siempre igual, una conducta aprendida puede adaptarse mejor a las condiciones del entorno, y perfeccionarse con la práctica.

La primera vez que un ciervo ve a un lobo, debe salir corriendo. Si no lo hace bien, morirá, y por lo tanto no podrá aprender a hacerlo mejor. Por eso es lógico que los ciervos sepan correr en cuanto nacen. Los lobos sí que pueden aprender: la primera vez el ciervo se les escapa, pero con la práctica consiguen atraparlo. Los juegos de su infancia constituyen un aprendizaje para su vida adulta.

Los primates (los monos) parece ser que descendemos de animales que caminaban nada más nacer. Pero, al vivir en los árboles, tuvimos que hacer cambios. De modo que los monitos van todo el día colgados de su madre, hasta que son capaces de ir solos perfectamente, sin el menor error.

Pero es el monito el que se cuelga, activamente, de su madre, agarrándose con fuerza a su pelo con manos y pies, y al pezón con su boca (cinco puntos de anclaje). La madre puede correr de rama en rama, sin preocuparse de sujetar al niño.

¿Se atrevería usted a ir de rama en rama, o simplemente caminando por la calle, con su bebé a cuestas pero sin sujetarlo, ni con los brazos ni con ningún paño o correa? Claro que no. Para que un niño sea capaz de colgarse de su madre y sujetarse solo durante largo rato, probablemente debería tener al menos dos años.

Ya nuestros primos más cercanos, los chimpancés, son incapaces de sujetarse solos al principio, y su madre tiene que abrazarlos, pero sólo durante las dos primeras semanas. La diferencia con nuestros hijos es abismal.

Y para caminar (no para dar cuatro pasos a nuestro alrededor, como hacen al año, sino caminar de verdad, para seguirnos cuando vamos de compras, sin llorar y sin que tengamos que girar la cabeza cada segundo a ver si vienen o no), nuestros hijos tardan al menos tres o cuatro años.

Hasta los 12 o 14 años, es prácticamente imposible que los niños sobrevivan solos; y en la práctica, procuramos no dejarles solos hasta los 18 o 28 años. Los seres humanos son los mamíferos que durante más tiempo necesitan a sus padres, y dejan muy atrás al segundo clasificado.

Probablemente, esto se debe en parte a nuestra gran inteligencia. Como decíamos de los lobos, la conducta debe ser aprendida para ser inteligente, pues la conducta innata es puramente automática. Nuestros hijos tienen que aprender más que ningún otro mamífero, y por lo tanto tienen que nacer sabiendo menos.

¿Y qué tiene todo esto que ver con que los niños se despierten? Ya llega, ya llega. Ahora mismo veremos que tiene que ver todo lo anterior con la conducta de su propio hijo.

Empezábamos diciendo que hay crías que necesitan estar todo el rato con su madre, encima de ella o siguiéndola a poca distancia, y otras que se quedan escondidas, en un nido o madriguera, esperando a que su madre vuelva. Para saber a qué tipo pertenece un animal, basta con observar cómo se comporta una cría cuando su madre se va.

Los que tienen que estar siempre juntos se ponen inmediatamente a llorar, y lloran y lloran (o hacen el ruido equivalente en su especie) hasta que su madre vuelve. Una cría de ganso, por ejemplo, aunque tenga agua y comida cerca, no come ni bebe, sino que sólo llora hasta que sus padres vuelven, o hasta la muerte.

Sin sus padres, de todos modos no tardaría en morir, por lo que debe agotar toda su energía en llorar para que vuelvan. Y debe empezar a llorar inmediatamente, en cuanto se separa, porque cuanto más tarde en hacerlo más lejos estará, y por tanto más difícil será que le oiga.

En cambio, un conejito o un gatito, cuando su madre se va, permanecen muy quietos y callados. Esa separación es normal en su especie, y si se pusieran a llorar podrían atraer a otros animales, lo que siempre es peligroso. ¿Cómo reacciona su hijo cuando usted le deja en la cuna y se aleja? Si, como hacían los míos, “se pone a llorar como si le matasen”, quiere decir que, en nuestra especie, lo normal es que los niños estén continuamente, las 24 horas, en contacto con su madre.

Y no es difícil imaginar que hace 50.000 años, cuando no teníamos casas, ni ropa, ni muebles, separarse de su madre significaba la muerte. ¿Se imagina a un bebé desnudo en el campo, al aire libre, expuesto al sol, a la lluvia, al viento y a las alimañas, sólo durante ocho horas, mientras su madre “trabaja” recogiendo frutas y raíces? Ni siquiera una hora podría sobrevivir en esas circunstancias.

En tiempos de nuestros antepasados, los bebés estaban las 24 horas en brazos, y sólo se separaban de su madre para estar unos momentos en brazos de su padre, su abuela o sus hermanos. Y cuando empezaban a caminar lo hacían alrededor de su madre, y tanto la madre como el niño se miraban continuamente, y se avisaban mutuamente cuando veían que el otro se despistaba.

Hoy en día, cuando usted deja a su hijo en la cuna, sabe que no corre ningún peligro. No pasará frío, ni calor, ni se mojará, ni se lo comerá un lobo. Sabe que usted está a pocos metros, y le oirá si pasa algo y vendrá en seguida (o, si usted ha salido de casa, sabe que otra persona ha quedado de guardia, escuchando a pocos metros). Pero su hijo no sabe todo eso.

Nuestros niños, cuando nacen, son exactamente iguales a los que nacían hace 50.000 años. Por si acaso, a la más mínima separación, lloran como si usted se hubiera ido para siempre. Más adelante, cuando empiece a comprender dónde está usted, cuándo volverá y quién le cuida mientras tanto, empezará a tolerar las separaciones con más tranquilidad. Pero aún faltan unos años.

Casi toda la conducta del bebé, que aún no ha aprendido nada, es instintiva, idéntica a la de nuestros remotos antepasados. Y la conducta instintiva de la madre también tiende a aparecer, aquí y allá, despuntando entre nuestras gruesas capas de cultura y educación.

Por eso, cuando vaya al parque con su hijo de tres años, ambos se comportarán de forma muy similar a sus antepasados. Usted mirará casi todo el rato a su hijo, y le avisará cuando se despiste (“ven aquí” “no vayas tan lejos”). Su hijo también le mirará con frecuencia, y si la ve despistada o hablando con otras personas se pondrá nervioso, incluso se enfadará, e intentará llamar su atención (“mira, Mamá, mira” “mira qué hago” “mira qué he encontrado”…)

Llegamos a la noche. Es un periodo particularmente delicado, porque si el niño duerme ocho horas, y la madre se ha ido durante este tiempo, cuando despierte puede estar a siete horas de marcha, y por más que llore no la oirá. Hay que montar la guardia. Durante las primeras semanas, nuestros hijos están tan completamente indefensos que es su madre la que debe encargarse de mantener el contacto.

En aquellas raras culturas (como la nuestra) en que madre e hijo no duermen juntos, la separación hace que la madre esté muy intranquila, y sienta la necesidad imperiosa de ir a ver a su hijo cada cierto tiempo. ¿Qué madre no se ha acercado a la cuna “para ver si respira”? Claro que sabe que está respirando, claro que sabe que no le pasa nada, claro que sabe que su marido se reirá de ella por haber ido… pero no puede evitarlo, tiene que ir.

A medida que el niño crece, se va haciendo más independiente. Eso no significa que pase más tiempo solo, o que haga las cosas sin ayuda, porque el ser humano es un animal social, y no es normal que esté solo. Para un ser humano, la soledad no es independencia, sino abandono. La independencia consiste en ser capaces de vivir en comunidad, expresando nuestras necesidades para conseguir la ayuda de otros, y ofreciendo nuestra ayuda para satisfacer las necesidades de los demás.

Ahora ya no hace falta que usted vaya a comprobar si su hijo respira o no; ¡él se lo dirá! Como se está haciendo independiente, será él quien monte guardia. Se despertará más o menos cada hora y media o dos horas, y buscará a su madre. Si su madre está al lado, la olerá, la tocará, sentirá su calor, tal vez mame un poco, y se volverá a dormir en seguida. Si su madre no está, se pondrá a llorar hasta que venga. Si Mamá viene en seguida, se calmará rápidamente. Si tarda en venir, costará mucho tranquilizarle; intentará mantenerse despierto, como medida de seguridad, no sea que Mamá se vuelva a perder.

Es aquí donde la vida real no coincide con los libros, porque a las madres les han dicho que, a medida que su hijo crezca, cada vez dormirá más horas seguidas. Y muchas se encuentran con la sorpresa de que es todo lo contrario. No es “insomnio infantil”, no son “malos hábitos”, simplemente es una conducta normal de los niños durante los primeros años. Una conducta que desaparecerá por sí sola, no con “educación” ni “entrenamiento”, sino porque el niño se hará mayor y dejará de necesitar la presencia continua de su madre.

Si cada vez que su hijo llora usted acude, le está alentando a ser independiente, es decir, a expresar sus necesidades a otras personas y a considerar que “lo normal” es que le atiendan. Eso le ayudará a ser un adulto seguro de sí mismo e integrado en la sociedad.

Si cuando su hijo llora usted le deja llorar, le está enseñando que sus necesidades no son realmente importantes, y que otras personas “más sabias y poderosas” que él pueden decidir mejor que él mismo lo que le conviene y lo que no. Se hace más dependiente, porque depende de los caprichos de los demás y no se cree lo suficientemente importante para merecer que le hagan caso.

Una infancia feliz en un tesoro que dura para siempre, que nadie podrá jamás arrebatarte. La infancia de su hijo está ahora en sus manos.

Carlos González – Pediatra

Que esta informacion, vaya en vuestro mayor beneficio.

Ale, Casa de Tara

Ayudemos a nuestros hijos en la conquista de la Felicidad

En el centro de la trascendente misión, que deviene del nacimiento de nuestros hijos, esta por sobre todo la presencia de los Padres para proteger este viaje sagrado y arraigar a su manifestación; equilibrio, certeza, amor.

Les invito a leer un extracto del libro de Amanda Céspedes, neurosiquiatra infantil, escritora y terapueta floral, llamado: El estrés en niños y adolescentes; En busca del paraíso perdido. Información que nos ayudará a ir entiendiendo el milagro vital del nacer y sus poderosas implicancias en la vida adulta.

LA CONQUISTA DEFINITIVA DE LA AUTORREGULACIÓN EMOCIONAL PRIMARIA: Hasta los dieciocho meses de edad, los bebés necesitan confortamiento externo para recuperar y mantener el equilibrio interno. A partir de esa edad, la activa maduración de estructuras del sistema límbico (sistema ubicado en el cerebro, encargado de procesar las emociones) y sus conexiones cada vez más amplias con la corteza cerebral van permitiendo que el niño inicie la conquista de una regulación interna, esencial para la supervivencia en condiciones de demanda extrema.

Esta conquista es gradual y dependiente tanto del éxito del plan madurativo general del organismo y del cerebro como ente integrador, como de las experiencias que ese niño va a vivir y que serán su personal valija existencial de carga alostática (Alostasis es el sistema que nos ayuda a manejar el estrés y adaptarse a los cambios). En estas experiencias, ocupa un lugar central la presencia de un sentimiento activamente elaborado en la etapa anterior (embarazo y primer año de vida), denominado confianza básica, y que consiste en la certeza por parte del niño de que es digno de amor y que los adultos que le rodean son seres bondadosos llamados a amarle y protegerle.

Ser digno de amor no es una mera frase: implica ser digno de recibir la fuente de fortaleza para afrontar la vida con optimismo; amar a un niño (y a todo ser humano) exige demostrarle que se le acepta sin condiciones; que se le respeta en toda circunstancia; que se le valora por sus cualidades; que el adulto está allí para acogerlo en sus miedos e incertidumbres, escuchándolo con interés y afecto; que será protegido de todo daño, tanto físico como psicológico, y que aquellos que dicen amarlo le brindarán las mejores experiencias y oportunidades para su pleno desarrollo. Como vemos, amar no es una palabra vacía, sino por el contrario, pronunciarla frente a otro nos compromete de golpe, instándonos a dar lo mejor en el cultivo de ese sentimiento.

Un niño amado de este modo es un ser iluminado, radiante, que va por la vida optimista, ávido de aprender, sereno y seguro de la bondad de quienes dicen quererlo. Habita el paraíso.

QUE PASA AL NACER?? El sistema límbico comienza a madurar el último trimestre del embarazo; amígdala, hipocampo y otras estructuras relaciona­das se preparan laboriosamente para enfrentar la primera y más formidable demanda del ambiente sobre ese pequeño organismo todavía protegido en el útero materno: el proceso de nacer, un radical cambio de las condiciones internas y la consiguiente exi­gencia máxima de adaptación.

Una vez nacido, y habiendo experimentado en toda su desoladora fuerza el miedo al desamparo en un planeta desconocido, el niño inicia su potente ritual de apego, una suerte de potente enamoramiento primario: se apega a la madre o cuidadora a través de todos sus sentidos.

Sus ojos recorren el rostro de la madre y se clavan en esas pupilas que lo observan, decodificando cada sutil señal emocional y grabándola a fuego en su cerebro, diseñado para almacenar esos primarios engramas; la mirada plácida, la expresión dulce y arrobada de la madre activa en el recién nacido similar placidez, la que es decodificada en la amígdala, como una emoción positiva y archivada en el hipocampo años después, ese niño convertido en adulto, buscará en otro significativo esa mirada, esa expresión de ternura, ese contacto de piel a piel, para sentirse seguro y plácido.

A su vez, las conexiones desde amígdala e hipocampo hacia el circuito de la gratificación provocan liberación de dopamina, y la emoción resultante es placer y la instintiva búsqueda de reeditar la experiencia.

Auditivamente, el bebé decodifica patrones prosódicos (melodías) de la voz de la madre que le habla tiernamente, y archiva esas dulces melodías tal como archivó miradas y expresiones faciales; las caricias provocan liberación de oxitocina, activan emociones positivas y goce a través de la liberación de dopamina; lo mismo ocurre con sus percepciones olfativas (aroma del seno materno) y gustativas (sabor de la leche materna)

Durante dos meses, este encuentro amoroso, que se reedita innumerables veces al día pues la madre se ha replegado del mundo para concentrarse en el proceso de apego-activa y fortalece gradualmente numerosos circuitos: la capacidad de percibir al otro desde la emoción; la capacidad de experimentar goce sensorial acoplada con la necesidad de repetir la experiencia, y en forma central, la capacidad de tolerar el miedo al desamparo, neutralizándolo desde la seguridad que le da la presencia sensorial y afectiva de la madre o cuidadora.

Sin duda alguna que para que el apego sea exitoso, la madre o cuidadora debe experimentar emociones similares, codificadas todas ellas en un patrón conductual único en cada especie: las conductas de cuidado maternal, impregnadas de intenso amor e intenso goce, mediadas también por la oxitocina: ratas, gatos, pe­rros, lamen amorosamente a sus crías, fortaleciendo de este modo en ellos sus organismos y preparándolos para enfrentar la vida y sus demandas. Será en esta danza amorosamente sensorial, inter­pretada por dos protagonistas, bebé y mujer, que se sentarán las bases para una Alostasis saludable y, desde ella, para la resiliencia Biológica ante las adversidades.

A medida que van pasando los días, esta danza va experimentando sutiles variaciones, y en for­ma sintónica, el organismo del bebé irá respondiendo a ellas para mantener la estabilidad y adaptarse a su nueva vida extrauterina. Podemos imaginar los delicados procesos a través de los cuales su organismo total se va integrando en torno a un eje central que es el equilibrio biológico, y que se va a expresar conductualmente en ritmos estables de sueño y de vigilia, una actitud de calma y quietud y una expresión de dicha y de contentamiento, que se romperá sólo por la irrupción de necesidades primarias que, al ser rápidamente provistas, permiten que el bebé retome su plácido bienestar.

El balance químico y energético interno se expresa en la estabili­dad del temperamento infantil, su fácil tránsito hacia la autorre­gulación y en la presencia de un estado especial, único, denomi­nado armonía emocional. Este estado interno se expresa a su vez en tres estados emocionales caracterizados por ser estables, dura­deros, profundamente arraigados en el ser: la alegría existencial, la apertura a lo nuevo y la serenidad interior. A medida que el niño crece, este estado emocional armonioso se va enriqueciendo gra­cias a la progresiva integración de experiencias, pero conserva sus rasgos esenciales: la capacidad de disfrutar la vida, la curiosidad y la paz interior. A ellos se agregará más tarde o más temprano el sentido de la coherencia. Estos elementos constituyen la esencia de la real felicidad.

UNA NECESIDAD UNIVERSAL: EL CONFORTAMIENTO. Cuando el objeto transicional, la fantasía, el juego y la magia no logran ser un bálsamo efectivo para la pena o el miedo, el niño necesita un par de brazos amorosos que lo cubran y una voz que le infunda serenidad de modo suave e íntimo. A riesgo de parecer excesivamente “biologicista”, debemos enfatizar que ese abrazo y esa voz que consuela no son meros gestos… Su valor como instru­mentos de regulación emocional radica en el mecanismo interno, bioquímico: la calidez del abrazo, la dulzura de la voz, liberan en ese pequeño niño grandes cantidades de oxitocina, que posee pro­piedades analgésicas, ansiolíticas y moduladoras de la experien­cia, resaltando los aspectos menos amenazantes y enmascarando aquellos que pueden generar más temor o desconsuelo. Ese efecto es de por sí “neurotrófico” (Efecto protector o restaurador sobre las células nerviosas) y actuará sellando en las estructuras de la vida emocional una creciente capacidad de autorregulación desde la confianza básica, el sentimiento de saberse amado.

“Cada vez que el adulto reprime el deseo de reprender a un pequeño y elige abrazarlo y confortarlo, debiera saber que en ese tierno gesto se oculta el más poderoso nutriente para construir un adulto inte­gralmente sano, fuerte ante la adversidad, generoso y optimista. Y cada adulto que escamotea el consuelo o el confortamiento a un niño, debería saber que es como un malhechor que lo hiere alevo­samente; años más tarde, el dolor de esa herida se transmutará en resentimiento, indiferencia o crueldad”.

 

Espero que esta información, vaya en vuestro mayor beneficio. Pranam…

Ale, Casa de Tara.

 

PARA SALUDAR Y DESPEDIR EL DIA.

“A primera hora en la mañana, imagínate tremendamente feliz. Levántate de la cama con un estado de ánimo muy feliz, radiante, burbujeante, expectante, como si algo perfecto, de valor infinito, va a pasar hoy. Sal de la cama en un estado de ánimo muy positivo y esperanzador, con la sensación de que este día no va a ser un día ordinario, que algo excepcional, extraordinario, te está esperando; algo está muy cerca. Trata de recordar una y otra vez durante todo el día . Dentro de siete días verás que todo el patrón, todo tu estilo, todo tu vibración, habrá cambiado.

Cuando te vas a dormir en la noche, imagínate que estás cayendo en manos divinas … como si la existencia te está apoyando, que estás en su regazo, para conciliar el sueño. Sólo visualizalo y te quedas dormido. La única cosa que debes hacer es seguir imaginando y dejar que el sueño venga, para que la imaginación entre en el sueño; se sobreponen.

No imagines nada negativo, porque si la gente que tiene una capacidad imaginativa imagina cosas negativas, comienzan a suceder. Si piensas que vas a enfermar, te pondrás enfermo. Si piensas que alguien va a ser grosero contigo, lo será. Tu propia imaginación creará la situación.

Así que si una idea negativa viene, cambia inmediatamente a un pensamiento positivo. Dile no. Suéltala inmediatamente; tirala a la basura. Dentro de una semana empezarás a sentirte muy feliz, sin ninguna razón en absoluto.”

Osho